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Cada año, cuando el abuelo dejaba la escalera apoyada en el cerezo más grande del terreno, él sabía que el verano estaba cerca.


El aire olía distinto: dulce, suave, como a siesta y a tierra mojada.


"¡Ya están listas!" decía el abuelo, con una cereza en la mano y otras dos colgadas de la oreja.


Y así, como una puerta imaginaria, empezaba la mejor parte del año.

Nº013 La Cereza

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